La lactosa es un azúcar que está presente en todas las leches de los mamíferos: vaca, cabra, oveja y en la humana, y que también puede encontrarse en muchos alimentos preparados. Por su parte, La lactasa es una enzima producida en el intestino delgado, que juega un papel vital en el desdoblamiento de la lactosa (proceso necesario para su absorción por nuestro organismo) en sus dos componentes básicos: glucosa y galactosa. Si los niveles de lactasa son bajos o ésta no realiza bien su labor desdobladora, aparecen dificultades para digerir la lactosa, lo que es considerado Intolerancia a la lactosa.
Esta puede presentarse en personas de cualquier edad, pero sólo representa gravedad en niños lactantes, porque pueden sufrir episodios de deshidratación, además que es problemática la sustitución de la leche, por ser su alimento fundamental.
Los síntomas más frecuentes de la intolerancia a la lactosa, cuando se ingieren lácteos, son:
1. Intolerancia secundaria (mayoritaria): La disminución de la producción de la lactosa es secundaria, ya que está provocada por un daño intestinal temporal (generalmente causado por una gastroenteritis vírica/ver las causas en el siguiente apartado). Este tipo de intolerancia es muy frecuente en la infancia tras un episodio de gastroenteritis agudo. Es transitoria y recuperable.
2. Intolerancia primaria o genética (minoritaria): Se produce una pérdida progresiva de la producción de la lactasa, y por tanto una pérdida gradual de la capacidad de digerir la leche. Suele darse a lo largo de la vida en ciertos grupos étnicos y tiene una causa genética. La personas con esta intolerancia van notando como la ingesta de leche les causa cada vez más síntomas. Es progresiva y permanente.
Para evitar que el no consumo de lácteos acarree problemas de salud como pérdida de peso y malnutrición, se deben tener una dieta rica en calcio y vitamina D (responsable de la absorción de este). De igual forma, el médico puede recetar el consumo de estos dos en pastillas, y también el consumo de lactasa.